ARNOLDO ÁGUILA
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SOBRE LA POLÍTICA EXTERIOR DEL ACTUAL GOBIERNO ESPAÑOL

David Martínez Castañón


Hace unos meses, el nuevo presidente del Gobierno español revelaba en la revista Time la solución mágica e infalible para el terrorismo islámico. Según él, la igualdad de sexos resulta ser mano de santo contra el mismo. Acto seguido en la ONU nos explicó que además del feminismo radical lo que necesitamos de forma imperiosa es una alianza de civilizaciones, una reformulación novedosa de la paz perpetua kantiana, una buena nueva que mediante el diálogo conduzca a Bin Laden y secuaces hasta el espíritu de contrición y la penitencia.

Se desconoce todavía qué se va a dialogar, quiénes serán los interlocutores de ese diálogo y los objetivos concretos del susodicho. Aunque semejantes consideraciones son irrelevantes, ya que Bin Laden y todo el terrorismo salafista-wahabita no parecen estar muy por la labor.

Tiempo antes, en una visita oficial a Túnez, Zapatero encontró también la solución para la situación iraquí. Al ser preguntado por un periodista sobre la retirada de las tropas españolas de Irak, el presidente respondió lo siguiente:
"Con respeto a todos los países que están allí, si hubiera más decisiones en la línea del Gobierno español (si se retirasen), se abriría una expectativa más favorable".

La extraña lógica de sus palabras sigue siendo, a día de hoy, un misterio insondable.

Simultáneamente tan convencido pacifista y luchador por la libertad ve, en contra de la opinión de su predecesor en el cargo, con muy buenos ojos un
acercamiento al tirano Castro. Tanto es así que lo ha solicitado a Bruselas. Con escaso éxito, gracias a la oposición de Grupo Popular Europeo; es decir, gracias a los artífices del alejamiento, del reconocimiento y apoyo moral a los disidentes cubanos mediante la invitación de los mismos a las embajadas en los días nacionales de cada país.

Alejamiento de la UE que fue propiciado precisamente por ese predecesor en el cargo que ahora ostenta el señor Zapatero, por José María Aznar Y finiquitado de forma unilateral el 25 de Noviembre en la reunión entre el ex comunista y ahora embajador español, Carlos Alonso Zaldívar, con Felipe Pérez Roque, Ministro de Relaciones Exteriores cubano.

Y es que no contento con
acercarse cuánto más mejor a las barbas de Castro, tampoco ha perdido tiempo en cursar una invitación oficial a su amigo Hugo Chávez. Visita que acabó como era obligado que acabase: en un absoluto bochorno.

Tan novedosa y surrealista política exterior del actual gobierno socialista español podría ser resumida a
grosso modo como una mezcla de antiamericanismo iracundo, grave infantilismo, claudicación ante el terrorismo, reanimación asistida de la vieja Europa -realmente ni es ni vieja ni es nueva, simplemente es el control de la UE por parte de Francia y Alemania- y con el acercamiento -léase descarado apoyo- al comunismo más carpetovetónico y al socialismo populista de muy dudoso carácter democrático, representados ambos maravillosamente por Castro y por su conmilitón, el ex golpista Chávez.

Resultan cuanto menos unos extraños pilares para asentar la política exterior de un país que se dice occidental y democrático. Resulta extraño, pero no incomprensible. No lo es si tenemos en cuenta que ese viraje es producto de dos circunstancias muy concretas: la primera es la pervivencia de sectores ideológicos de ultraizquierda en el partido ahora en el gobierno, el PSOE. La segunda es que esos sectores fueron determinantes para su victoria en las elecciones y son también claves para su mantenimiento en el poder.

El partido socialista en la oposición a comienzos del segundo mandato del gobierno Aznar -año 2000-2001- era perfectamente consciente que ante una situación económica boyante como la que vivía España -más de la mitad del empleo de la UE en aquellos años se creó en España. La convergencia con la renta media de la UE era de un punto anual- con el terrorismo en horas muy bajas gracias a una política de firmeza pero escrupulosamente legalista -del PSOE de Felipe González al cual el señor Zapatero mantuvo con su escaño de parlamentario en el Congreso no se puede decir lo mismo, por mucho que el actual presidente clame en la ONU que al terrorismo se le combate con legalidad y democracia-, y sin la corrupción rampante marca de la casa de los últimos años de gobierno felipista; sin y con todo eso, el socialismo español sabía que tenía harto difícil ganar las siguientes elecciones.

Pero el 11-S lo cambió todo.

A partir de esa fecha, cuando el gobierno de George Bush decidió atacar al terrorismo islámico allí dónde se encontrase, y ya con la primera invasión, la de Afganistán, ciertos sectores de ultraizquierda dormidos desde la caída del muro empezaron a despertar. Y con ellos una machacona e inmisericorde propaganda
antiimperialista.

También despertaron dentro del mismo PSOE. Fueron esos sectores y otros que vieron una clara oportunidad política en lo que estaba ocurriendo los que canalizaron cuando no azuzaron de forma directa el antiamericanismo con fines electorales.

Fueron múltiples las manifestaciones convocadas por colectivos de izquierda, antiglobalizadores y partidos políticos, entre los cuales, por supuesto, siempre se encontraba el Partido Socialista Obrero Español.

Manifestaciones cívicas que normalmente solían terminar con el
cívico apedreamiento de alguna sede del partido en aquel momento en el poder.

También existieron algunos ejemplos de lo que hace tiempo en los ambientes pacifistas se denominaba como
resistencia pasiva. Quedará para la posteridad la imagen del señor Zapatero negándose a levantarse al paso de la bandera de EEUU en el desfile del día de la hispanidad, confundiendo, quizás interesadamente, lo que es una bandera -que representa a una nación- y lo que es una actuación concreta del Gobierno de una nación. Actuación que por lo visto no le gustaba demasiado.

De hecho, al pasar la española no la confundió con el gobierno de Aznar y se levantó.

Pero primero, para entender la pervivencia a estas alturas en un partido como el PSOE de esos sectores radicales es necesario hacer un poco de historia.

El Partido Socialista Obrero español se fundó el 2 de mayo de 1879 por Pablo Iglesias, García Quejido y Jaime Vera. Este primigenio PSOE evidentemente poco tenía que ver con la socialdemocracia y mucho, mejor absolutamente todo, con el socialismo marxista.

Representativas de ese otrora modo de pensar y obrar del PSOE son las palabras del propio fundador, Pablo Iglesias, pronunciadas en el Congreso de los Diputados el 7 de Julio de 1910:
El PSOE viene a buscar aquí, a este cuerpo de carácter eminentemente burgués, lo que de utilidad pueda hallar, pero la totalidad de su ideal no está aquí. La totalidad ha de ser obtenida de otro modo. Mi partido está en la legalidad mientras ésta le permita adquirir lo que necesita; fuera cuando ella no le permita alcanzar sus aspiraciones.

Después de eso y hasta la dictadura del general Franco, el PSOE seguiría más o menos fiel a esa doctrina revolucionaria. Con el mismo Pablo Iglesias amenazando con atentar contra la integridad física del presidente del Gobierno, Antonio Maura. Amenazas con resultado profético aunque no fatal. También hay que mencionar la extraña colaboración de los socialistas con el régimen del dictador Primo de Rivera, amén de unas cuantas huelgas revolucionarias y un par de golpes de Estado fallidos. Y lo más ilustrativo: la propaganda electoral de las elecciones de 1936. Más concretamente la banderola con la efigie de Stalin franqueada por los jerifaltes socialistas y colgante de la mismísima puerta de Alcalá. Reveladora, en grado sumo, de la ideología de ese partido en aquellos turbios años.

Después de la Guerra Civil y durante casi los 40 años de dictadura franquista, el PSOE pasaría al exilio y a la clandestinidad, para resurgir de nuevo en sendos congresos celebrados en Francia, el de Toulouse en 1972 y el de Suresnes en 1974. Congresos celebrados ante la certeza de un dictador y de un régimen agonizantes.

Fue precisamente en ese congreso, en el celebrado en Suresnes, cuando se preparó para la renuncia a la ideología marxista que con ciertos vaivenes se había mantenido en el seno del PSOE. Renuncia que se sustanció en el XXVIII congreso celebrado en la tan cercana fecha -políticamente hablando- de 1979.

Aunque para ello fuesen necesarias ciertas triquiñuelas de carácter dudosamente democrático, como fue encerrar en el ascensor al que fuera alcalde de Madrid, Enrique Tierno Galván, para evitar que tomase la palabra.

Para entender al PSOE actual es también necesario conocer además de que ese cambio ideológico no fue flor de un día, que tal cambio fue inducido de forma exógena, principalmente por la socialdemocracia alemana; más concretamente por el SPD. Ese viraje ideológico fue dirigido a través de la institución Friedich Ebert, y fundamentado en el temor que existía en determinados ámbitos europeos e internacionales de que la izquierda española en pleno tuviese como único referente la teoría del capital marxista.

Si a esto le añadimos el tradicional afrancesamiento socialista, ese apego por el jacobinismo francés. Tendremos una nueva perspectiva de las alianzas internacionales del señor Zapatero. Alianzas que hunden sus raíces más allá de la propaganda y del pacifismo fundamentalista universal. Ya que, para la izquierda española, la política francesa -bien sea de derechas o de izquierdas, tanto da- y sus rompedoras medidas de ingeniería social siguen siendo consideradas todavía fuente de todo bien y progreso.

Países éstos, Francia y Alemania, cuyo pacifismo de carácter humanista parece bastante poco creíble. La defensa de sus propios intereses de Estado parece ser la clave de tan insignes pacifistas. No tanto la del señor Zapatero, ya que el interés de España en mantener la ruinosa política de déficit económico impuesta de facto mediante la ruptura unilateral del Pacto de Estabilidad por parte de Alemania, la defensa de las estupendas relaciones francesas con el tirano Hussein y la inacción cobarde ante el terrorismo no explican el caso español.

Lo explica la anteriormente mencionada cercanía temporal de las tesis marxistas, su no definitivo abandono, y la conveniencia de su resurrección en forma de propaganda por motivos electoralistas.

Resucitadas en forma de lucha
antiimperialista. Lucha que obró el milagro de volver a poner en solfa la manida y absurda fase imperial del capitalismo agonizante según la teoría marxista. Mediante la agitación de esos fantasmas la izquierda más radical puso en bandeja de plata la victoria electoral socialista. Tan solo era necesario un poco de antiamericanismo aderezado con un poco de masoquismo antioccidental por parte de ese partido para encauzar lo que denominaron como clamor popular.

Y debe seguir encauzando ese apoyo que le llevó al poder mediante gestos. Gestos antiamericanos. Gestos destinados al consumo interno, a la propaganda.

Cuando en el caso de lo ocurrido con los saharauis, esto es, la negativa de Zapatero a secundar el segundo Plan Baker para la autodeterminación del Sahara debido a las presiones de los marroquíes y de sus socios franceses. Negativa que rompe con una reivindicación tradicional no sólo de la izquierda sino de prácticamente todo el arco político español, sea -como fue- tomada por
reaccionaria por parte de determinados sectores, será necesario tomar otras medidas de signo contrario para contrarrestarla, bien sea el matrimonio y adopción homosexual, el ataque furibundo contra la Iglesia Católica...o las invitaciones y acercamientos a Chávez y Castro.

En la medida en que el gobierno deba tomar decisiones mal vistas por ese sector de la ultraizquierda que le aupó al poder y que mantiene su precario gobierno apoyado por partidos aún más radicales que el socialista, deberá tomar otras que produzcan el efecto contrario.

Deberá acercarse a un régimen que todavía hoy es visto por una gran parte de la izquierda española como un referente utópico, como la pervivencia del sueño que fue, y es, pesadilla para muchos.

Deberá también invitar al bufonesco presidente venezolano para que le piropee como
líder revolucionario. Deberá simultáneamente enviar al actual ministro de exteriores español a un debate televisivo para que llame a Aznar golpista entre balbuceos.

Y eso aunque la defensa de los intereses de España, y sobre todo, la defensa de los valores de libertad y democracia deberían estar muy por encima de los intereses de partido. Lamentablemente, en la España de hoy, eso no ocurre.

Ocurre que España es hoy un país que ha claudicado ante el terrorismo, que incluso comprende sus causas, que es comparsa de los intereses de quienes quieren controlar en exclusiva la UE, y que se acerca a los tiranos más sanguinarios.

Pero todo pasa factura, para comprobarlo no había más que ver el rostro de Zapatero en la rueda de prensa conjunta que realizó con el presidente venezolano; no había más que contemplar su sonrisa algo más que forzada mientras el ex golpista le cantaba alguna que otra cancioncilla, le divagaba y gesticulaba de forma histriónica en lo más parecido que se haya visto en política al famoso numerito payasil de
Augusto y Carablanca.

Y es que todo, incluso la propaganda más sectaria, tiene un límite.

O debería tenerlo.


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