ARNOLDO ÁGUILA
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    ¡QUÉ SOLOS SE QUEDAN LOS VIEJOS!

                    Jesús Solís

    Hará mas de treinta años. Fue al principio del gobierno de Fidel Castro en Cuba. Yo había pertenecido al gobierno anterior (mas que suficiente para perder mi empleo), así que recurrí a un noble oficio que aprendí de mi padre cuando era casi un niño: mecánico automotor. En estas labores conocí a una familia, casi todos profesionales y por supuesto, tenían varios automóviles.
    Normalmente ellos traían los autos a mi casa para pequeñas reparaciones, pero un día tuve que ir a la de ellos, ya que uno de los autos no daba “señales de vida”. Tomé las pocas herramientas con que contaba entonces y me dirigí a Guanabacoa, ciudad a pocas millas de La Habana, lugar donde residía dicha familia.
    Nunca antes había estado en casa de estos señores, por tanto, me admiró hallarme de pronto frente a una de esas casa coloniales y enormes que abundan en nuestra América Hispana (y por supuesto en Cuba); yo las conocía, pero convertidas en museos o casas de vecindad, divididas entre familias de escasos recursos. Ésta mantenía su señorial apariencia palaciega. Al frente había varias puertas bajo un portal enorme. No sabía por cual de ellas llamar, así que lo hice por la que ostentaba un reluciente aldabón de bronce.
    Me recibió una sirvienta, a la que le explicaba el motivo de mi visita al tiempo que la persona que me había hecho llamar se aproximaba desde el interior de la casa. Con amabilidad me invitó a que pasara y después de atravesar salas y saletas llegamos a una pieza más pequeña, pero no menos sobria y elegante. Mi cliente me ofreció un asiento y le pidió por favor a la sirvienta que me sirviera café...
    No me senté: Ni siquiera sé si lo escuchaba. Desde que había llegado a la entrada de aquella casa me pareció haber traspasado la barrera del tiempo; me sentía en otra dimensión. Tuve la impresión de estar en un santuario... Casi no me equivoqué: Sentada junto a un ventanal a un costado de la habitación, en una mecedora de mimbre, se hallaba una mujer, negra como el ébano. La blancura de su vestido de hilo y encajes le cubría desde el cuello hasta los tobillos. Sobre la cabeza, un velo de encaje negro que en vano pretendía ocultar los años que proclamaban sus canas. La mano derecha empuñaba a duras penas el mango de un bastón de madera tallada. De la izquierda, apoyada sobre el brazo del sillón, no menos fino que el resto del atuendo, colgaba un pañuelo.
    Me sacó de mi abstracción un niño que entró al lugar, se acercó a la anciana y le pidió que lo bendijera... No sé quién bendijo a quién; sentada: Estaba la dignidad de los años. De pie, ante Ella, un ángel.
    Mi cliente debe haberse dado cuenta de mi estado emocional, pues, con discreción, me dijo: “Perdóneme Solís, olvidé presentarle a Nana; Ella crió a mi padre desde su nacimiento y desde entonces ha vivido con la familia, es parte nuestra.”
    No conocí a mis abuelas, nunca pude pedirles la bendición. Quise saber qué se sentía. Me acerqué a la señora y besándole una mano (como lo había hecho el niño antes) le pedí la bendición. ¡Debe haberme alcanzado! Pues desde entonces siento mas respecto y comprensión por los ancianos.
    En una revista americana que se editaba en Cuba en español para los países de habla hispana en el continente leí, hace mas de cuarenta años, un artículo sobre los esquimales. No recuerdo de qué época hablaba, pero sí el tema. Trataba, entre otras cosas, de la costumbre que existía entre ellos de abandonar a los ancianos en las estepas árticas para que murieran allí, o de frío, o devorados por las bestias polares (¿!)...
    Lo duro de la existencia en lucha contra elementos tan terribles, sin muchos recursos, quizás se justificara la costumbre o necesidad de tal hecho.
    Por supuesto, nosotros “nuestra sociedad civilizada no permitiría con los recursos económicos, intelectuales, morales y religiosos de hoy, congelar vivos a indefensos ancianos y menos, echarlos a las fieras”. ¿Verdad que no?...
    Llegué a Norteamérica como tantos refugiados lo hemos hecho; unos por problemas políticos y otros por cambiar de cielo. Aquí seguí y sigo (hasta donde puedo) mi profesión de mecánico de autos. En una ocasión, tal vez dos años atrás, me llamó un amigo para que fuera a su lugar de trabajo ya que el automóvil tenía problemas que (según le dijo alguien) lo dañarían mas si lo movía. Al llegar al lugar, un asilo de ancianos,
care home o como lo llamen, me informaron que la persona en cuestión no se encontraba en ese momento, pero que podía esperarlo si lo deseaba. Así lo hice. Me senté frente a la oficina en un pequeño banco, que más estratégico no podía estar. Desde ahí se dominaba la puerta principal, un pasillo hacia el fondo del edificio, y casi al frente, a la derecha de la oficina un salón donde dormitaban, en sillones unos, y en sillas de ruedas otros, poco más de media docena de ancianos. Mi empeño era ver a mi amigo desde cualquier lugar por donde pudiera llegar.
    Mirando hacia fuera, vi un flamante Mercedes Benz que entraba al parqueo y se situaba cómodamente casi frente a la puerta, pues salvo dos o tres autos y el mío, más modesto aún, no había nada que se lo impidiera. Pensé que sería un médico o el dueño del lugar, pero no, resultó ser una pareja de mediana edad, latina, que por lo que hablaban entre ellos, venían a visitar a alguien en el lugar.
    Por estirar las piernas caminé los pocos metros que medía el pasillo hasta el salón donde sabe Dios en qué galaxia gravitaban aquellas mentes seniles. Pude ver al matrimonio recién llegado dirigirse a un anciano bastante mayor, el cual al verlos trató de incorporarse del sillón, pero sólo pudo hacerlo con ayuda de los visitantes. Al fin ya de pie, el anciano abrazó al hombre de la pareja y casi gritando le dijo: ¡Ay, mi hijo, al fin viniste!...
    Nunca fui “muchacho pendenciero”, como llamaba a una señora del barrio donde me crié a los que de vez en cuando teníamos que dar o, en el peor de los casos recibir, alguna que otra bofetada por ventilar algún que otro asunto; pero con qué gusto hubiera recibido una en aquel momento a cambio de no haber oído la queja casi desesperada de aquel pobre viejo.
    Viré sobre mis pasos, y tanto que, sin darme cuenta, me encontré fuera del edificio, en el parqueo exactamente. No quería ver ni oír nada más. Me sentía confundido: sé lo que es un automóvil, cómo y por qué funciona, sé que es una máquina que puede comprarse, usarse, venderse, o simplemente desecharse cuando ya no cumple su función: es material gastable. Me pregunto: ¿Lo somos también los humanos?
    Recordé a la anciana de treinta y tantos años: ¡Parecía un sol! Siendo su piel negra ¡irradiaba luz! La luz que irradian los que son felices, los que se sienten queridos, útiles, aunque sólo sea con su presencia.
    También recordé el artículo sobre los esquimales, ¿acaso eran más crueles?
    No soy quien para juzgar hechos ajenos, pero no pude evitar en aquel momento recordar el patético y hermosos poema de Gustavo Adolfo Bécquer, “Qué solos se quedan los muertos”.
    No me encontraba en lo que literalmente es un cementerio. Él se refería a la soledad en que queda el cuerpo físico cuando es sepultado y que inexorablemente vuelve al polvo del que fue creado, pero, como al maestro de las rimas cuando escribió su obra, debe haberme rozado en la conciencia, la misma sensación de frío y abandono que motivó su fértil musa...
    Me marché de allí sin esperar a mi amigo, repitiéndome a mí mismo que no había comparación entre este centro de cuidados y un campo santo, lógicamente, y sin embargo, sentía menos pena por los muertos.