ADVERTENCIAS PRELIMINARES

Ante todo, una breve presentación de mi persona y una explicación sucinta de mis objetivos con este libro, del aparato teórico en el que se basa, de los métodos y el lenguaje que en él se emplean, de a quiénes se dirige y las dificultades extraordinarias que enfrentarán precisamente esos lectores para poder digerir el contenido, sencillo pero chocante.
En mis 66 años de actividad sobre el planeta Tierra, he realizado numerosas actividades bastante dispares, hice algo de judo, jugué bastante ping pong, me destaqué como jugador de ajedrez en mi juventud, comencé a trabajar de oficinista, me gradué de técnico en electrónica y trabajé veinte años en ese giro, fui fotógrafo aficionado
desde tirar fotos hasta el revelado y la impresión, he sido profesor de adultos y jóvenes, armé y reparé computadoras, diseñé y mantuve redes de las mismas por cuenta propia, he escrito y publicado ensayos, cuentos y novelas, he traducido obras de Martí al Esperanto, escrito ensayos y cuentos en ese idioma, me he casado tres veces y tengo hijos y nietos.
Cuando hace diecisiete años llegué a Miami, después de romper mis ataduras filosóficas con el marxismo-leninismo, no tenía ni la más remota idea de que iba a terminar escribiendo algo parecido a este libro. Anoten esta circunstancia para que puedan compararla luego con el proceder de Marx.
Una vez desligado de su teoría, y de sus variantes, que me había atraído por su aparente cientificidad, me quedé sin una interpretación del mundo y traté de formar una que en realidad se ajustara, dentro de lo razonable, a las ciencias y, poco a poco, fui conformando una filosofía que no es científica, porque ninguna puede serlo, pero que sí posee cientificidad real y que expongo en mi libro “La Esencia Humana: Artificio vs. Natura”.
Es decir, llegar a este libro que usted lee ahora no fue una decisión calculada, no fue culminación de un plan predeterminado, sino que fue el resultado de una evolución intelectual.
La aparente cientificidad del marxismo proviene primeramente del mismo Karl Marx cuando dijo,
en el prólogo a la primera edición alemana del primer tomo de "El Capital", que "El principio siempre es duro; esto vale para todas las ciencias. Por eso, la máxima dificultad la constituirá la comprensión del primer capítulo, en particular, los párrafos referentes al análisis de la mercancía”, y concomitantemente de Friedrich Engels que ratificó ese reclamo en el entierro de Marx diciendo: "De la misma forma que Darwin descubrió la ley de desarrollo de la naturaleza orgánica, descubrió Marx la ley de desarrollo de la historia humana". Todos los seguidores posteriores de esa doctrina y sus derivados respaldaron esa afirmación.
La filosofía que creó
Marx no sólo no es científica, sino que no tiene cientificidad alguna y a este asunto le he dedicado todo un libro, posterior al filosófico y que precedió a éste, por lo que ahora me limitaré a analizar la historia de cómo Marx llegó a sus conclusiones en contrapunto con los métodos que debe seguir el que aspire a cientificidad.
Cuando se aspira a investigar con cientificidad un problema, usted no puede estar parcializado hacia una conclusión a alcanzar. Usted obtiene datos, datos concretos, lo más exactos posibles, que puedan ser comprobados por otros, los analiza, trata de descubrir la coherencia posible entre ellos y deduce una conclusión, una tesis. Esa tesis después se pone a prueba contrastándola con otros datos, teniendo abierta la posibilidad de que contradiga sus resultados iniciales. Es decir, usted debe ser imparcial, objetivo, sobre la tesis que investiga, no algo que usted esta tratando de ratificar a como dé lugar.
En las "Tesis sobre Feuerbach", que se encuentran en el "Cuaderno de notas" de Marx correspondiente a los años 1844-1847, Marx escribió que "Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo".
¿Cómo es posible cambiar el mundo sin interpretarlo adecuadamente primero?
¿Y hacia dónde se cambia el mundo si existen diversos modos de interpretarlo?
La frase citada apunta a la existencia en Marx de una
voluntad revolucionaria de transformar al mundo, más que a una actitud de comprenderlo científicamente. En otras palabras, Marx ya sabía qué quería cambiar antes de entender la realidad.
Y su vida confirma la prioridad de su voluntad, de su voluntad revolucionaria.
Marx se doctoró de Derecho en 1841. Colaboró en 1842 con Bruno Bauer en la edición de "Gaceta Renana", publicación de la que pronto llegó a ser redactor jefe. La publicación fue intervenida por la censura y Marx marchó al exilio. En Francia sus artículos periodísticos revolucionarios provocaron su expulsión. Luego en Bruselas, ingresó en la Liga de los Comunistas declarándose internacionalista, ateo y revolucionario. En 1848 escribe junto con Engels el manifiesto de la misma, el Manifiesto del Partido Comunista.
Es decir, esa vida es la vida de un revolucionario, un activista político y de ninguna manera, la de un científico. Y la obra cumbre que él manifiesta que es científica “El Capital”, la escribe posteriormente a su Manifiesto político y ¡oh milagro!, nada en “El Capital” contradice al manifiesto político, sino que lo apoya.
Esa actitud se conoce en la psicología moderna como una racionalización, que es una actividad psicológica que se parece al razonamiento, pero no lo es.
¿Qué es racionalizar en psicología? Pues “
Es un procedimiento psíquico de estructura neurótica por el que un sujeto persigue otorgar una explicación o justificación coherente, desde un punto de vista lógico, y aceptable para los otros, desde un enfoque ético, de un acto, de una determinada conducta o actitud, reñida con valoraciones sociales o externas”. “Es importante hacer notar que, para ser considerada racionalización, el sujeto debe creer en la solidez de su argumento, no empleándolo como simple excusa o engaño consciente.”
Karl Marx racionalizó en sus obras teóricas su voluntad política, no hizo ciencia.
Mucho antes de mi ruptura total con las teorías del alemán, al ir comparando su doctrina con la práctica de la Revolución Cubana, creí ver una fisura en la realidad ni siquiera mencionada por Marx, extraída de una generalización de las ciencias, específicamente de la Física, y que llamé principio o ley piramidal, que aplicado al campo social significa que la cúspide, la jefatura, el gurú y sus asociados, por la fuerza de atracción o cohesión, representan, son el todo, y cohesionan o coaccionan al total de los acólitos. Marx ni siquiera se dio cuenta de la existencia de este principio, que por ser de aplicación universal es francamente inevitable y tira por la borda la posibilidad de una sociedad sin Jerarquía.
De Fidel Castro y de la revolución Cubana ya me había desengañado a partir de 1970, cuando la Zafra de los 10 millones
no fue. Aunque lo conceptué y aún creo que lo fue, un genio político, sus fracasos con el arroz de la Ciénaga de Zapata, con el cruce de ganado Holstein y Cebú, con el café Caturra del Cordón de La Habana y muchos otros, quizás hasta llegue al centenar, me llevaron a calificarlo como un idiota en el campo económico. Lo anterior, más otros aspectos, me fue convenciendo del fracaso del modelo cubano y por extensión, de la existencia de fallos en el modelo del socialismo marxista y sólo me quedó la esperanza de que a escala mundial se le encontraran remedio a esos males.
Esa esperanza pareció materializarse en la “perestroika” y en la “glásnost” de Gorbachov.
Pero un día estando en la playa de Guanabo en Cuba, escuché la noticia del intento de Golpe de Estado contra Gorbachov y me di cuenta de inmediato de que el sistema no tenía salvación cuando daba lugar a que alguien intentara ese tipo de recurso para volver a la represión anterior, no importaba si triunfaba o no ese intento, y en ese momento concluí que algo muy podrido se hallaba en los fundamentos teóricos sobre los que se basaba el socialismo marxista. Es decir, fue en ese entonces que concluí que la práctica
como criterio de la verdad había condenado a la teoría.
Después de haber desarrollado aquí en Miami, con acceso libre a toda la información del mundo, la Filosofía Concreta, procedí a aplicar esos conceptos al estudio de la historia en contrapunto con la Teoría Marxista, que también trata de explicarla, y de ahí surgió “La Clave de la Historia: Concreta vs. Marxismo”.
Tiempo después me percaté del alto contenido de psicología social de mis concepciones. En la parte final de ese libro, titulada “EL DORADO DE CUBA EN EL SIGLO XXI”, comienzo a aplicar algo que llamo provisionalmente “psicología de la historia” a la nacionalidad cubana.
Debo advertir de que los resultados a los que llegué me sorprendieron por completo, como quizás los sorprendan a ustedes, porque muestran una visión de la historia nuestra un poco distinta a la generalmente regurgitada, repleta de grandilocuencia que magnifica hasta el infinito la clase de ejemplares humanos que brinda nuestra privilegiada estirpe antillana.
Los tres libros y muy en especial, el que usted lee en este momento, los considero el pago a la deuda contraída con mi pueblo, pues todos los cubanos,
sin excepción alguna, incluso los jóvenes de ahora, de una manera u otra, tenemos una cuota, mayor o menor, de responsabilidad por la pesadilla que sufrimos, por no ser eficaces en impedirla, por propiciarla con ingenuidad, por ayudarla a establecerse, a consolidarse, por soportarla paralizados sin disentir públicamente, por ser disidentes, pero por no encontrar aún el camino para que la mayoría del pueblo, que ya es disidente en sí, lo exprese de modo activo, e incluso los que la combatieron, por haberla combatido con métodos erróneos, o simplemente por haber combatido y no haber sabido vencer, sin desdorar el reconocimiento que las actitudes de oposición se puedan merecer según el caso.
En este pago personal expongo el análisis más penetrante del que soy capaz de los defectos nuestros como pueblo, pues el rasgo fundamental de mi concepción filosófica la pudiera calificar como una nueva especialidad de la psicología social, la especialidad histórica, cuyo primer ejemplo es precisamente éste, aunque agrego la terapia transgeneracional que considero es el mejor remedio para los susodichos defectos, en orden de dificultar no sólo que el nuevo sistema involucione, sino, además, propiciar que evolucione en la dirección correcta.

Creo que finalizo por donde Marx empezó, y es que, al contrario de ese genio de la socio-ficción, no he racionalizado, sino que he razonado. Recuerden que Marx primero escribió el Manifiesto Comunista y luego escribió su Filosofía Revolucionaria, Comunista. Soy sincero, y me alegro que en un desarrollo lógico férreo, me haya situado en la antípoda de Marx. Y es que obviamente no se me escapa que, aunque no soy político, ni aspiro a nada en ese orden, este libro se puede convertir en un Manifiesto de la Nueva Cuba.
Comparen las tesis opuestas.
Afirmo que ningún nuevo estado psicológico de un pueblo proviene de la nada, ni de la economía, sino que se encuentra preconcebido en el estado psicológico anterior, que cambia como resultado de las iniciativas individuales que triunfan.
La tesis central de Marx sobre la Historia es: "No es la conciencia de los hombres la que determina su ser, sino que, al contrario, es su ser social el que determina su conciencia".
Y el ser social según el marxismo lo conforman
las relaciones económicas de producción, el modo de producción de la vida material, que condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual, que condiciona las creencias, las costumbres, la religión, la filosofía, etc.
El materialismo marxista consiste en la afirmación de que la producción, distribución, intercambio y consumo de bienes, son la raíz de que los hombres tengan y desarrollen esta o aquella mentalidad, es decir, la ideología, y elaboren estas o aquellas leyes, y se dé este o aquel modo de gobernar la sociedad, es decir, la estructura de la sociedad.
Lo que dice Marx es cierto
desde el punto de vista de un individuo que nace en una sociedad determinada y además, que es inerme, que no puede cambiar nada. Para ese individuo-estatua que mira al pasado concretizado en su presente, todo le viene determinado y condicionado por la materia y la organización social que lo envuelve.
Pero desde el punto de vista de la colectividad humana y de su dinámica, se pudiera decir “dialéctica” a la usanza marxista, cada uno de los instrumentos que un individuo usa, el modo de producción en el que juega un papel, las distintas relaciones sociales a las que está sometido, las distintas leyes que tiene que obedecer fueron
primero inventadas por otro individuo que las propuso o impuso en un momento histórico anterior, por lo que en última instancia, la materialidad económica y cultural que rodea al individuo no es más que la herencia de las iniciativas individuales que han triunfado históricamente, y él a su vez, también puede tener iniciativas, un descubrimiento, un invento, por ejemplo, la creación del fuego, la rueda, el bombillo eléctrico, el uso de esclavos, etc., que a su vez va a modificar el entorno que le rodea. Desde el punto de vista colectivo es la mente colectiva, la ideología prevaleciente en la vida social, política y espiritual, las creencias, las costumbres, etc., y su evolución, quien determina el modo de producción, la vida material de esa sociedad.
De ninguna manera
"el ser social de la sociedad cubana, su modo de producción, sus condiciones materiales, determinaron la conciencia social de los cubanos para producir la Revolución Cubana”, sino que fue la psicología social histórica de los cubanos o psicología transgeneracional la que propició, la que hizo posible, que la iniciativa de Fidel Castro Ruz tuviera éxito.
Y es que hay cubanos que por sentimientos nostálgicos embellecen la Vieja Cuba y creen que toda la culpa la tiene, por ejemplo, el comunismo internacional y el loco de Fidel.
Ni el determinismo económico marxista, ni la casualidad de acontecimientos infortunados fue la culpa de nuestra desgracia.
La culpa de nuestra desgracia la tenemos nosotros como pueblo, por nuestras cualidades psicológicas sociales desarrolladas a través de nuestra historia, del mismo modo como el comportamiento individual de cada uno de nosotros se fue formando desde niño hasta hoy día, por
la historia de las situaciones que vivimos y de cómo fuimos reaccionando ante cada una de ellas.
En las páginas siguientes demostraremos que Fidel Castro Ruz no fue un rayo en un cielo despejado, sino una descarga proveniente de una mentalidad nacional encapotada por una atmósfera tormentosa. Sin ese cielo tenebroso Fidel Castro no hubiera podido en modo alguno liberar la tormenta que anegó en sangre no sólo la tierra cubana, sino también tierras extranjeras:
en el devenir histórico no existen magos que de la nada saquen conejos. La genialidad de Fidel Castro fue manipular nuestros defectos y llevarlos a su máxima expresión dándonos por la vena del gusto.
Es cierto que Cuba había logrado muchos éxitos, muchos de ellos basados en la relación especial entre el pueblo de EUA y el de Cuba, pero a pesar de nuestras virtudes, mayormente individuales, nuestros defectos como pueblo fueron y son muy serios. Hablar de nuestras virtudes no tiene sentido, salvo para sentirnos bien y compensar nuestra inferioridad real:
no sólo no fuimos capaces de obtener la independencia de España por nosotros mismos, sino que no supimos vivir en armonía con nosotros mismos y necesitamos la sombra protectora del árbitro americano para evitar comernos los unos a los otros, y le dimos pie a que un Caudillo nos engatusara y como el árbitro se cansó de protegernos, nos transformamos todos en Caínes para nuestros hermanos Abeles y ya hemos sufrido la tiranía más larga, oprobiosa y cruenta de América e incluso aspiramos a alcanzar en ese rubro infame, dimensiones mundiales. Se nota que queremos ser los mejores en todo.
En el futuro, si alguna vez somos capaces de tener un futuro distinto, no bastará con restituir los derechos humanos y la democracia representativa, pues aunque eso sería un paso gigantesco, pudiera durar lo que un hielo fuera del refrigerador en un clima corrosivo como el de nuestra sangre corrupta. No hay sino que lanzarle un vistazo somero a la situación de algunos países latinoamericanos, en los que desde la misma democracia, pueblos son guiados como manadas hacia los mataderos del totalitarismo, en otros impera la violencia antisocial o la opresión de la pobreza galopante.
Es imprescindible construir una Nueva Cuba, muy distinta de la anterior, con una terapia de choque institucionalizada, para que jamás se repitan los errores que cometimos nosotros o para que no reeditemos los errores que están cometiendo o han cometido otros pueblos del continente. Sinceramente les digo que si creen que la reconstrucción de Cuba, después de Fidel, Raúl y demás herederos si los hay, es pan comido, yerran, porque la Revolución Cubana fue la hija natural de nuestros vicios y si no cambiamos nuestra misma naturaleza, sino combatimos hasta erradicar nuestros vicios, no habrá una Nueva Cuba, sino más de lo mismo u otra cosa peor.
Y por eso el lenguaje aquí usado es directo, claro y no se atenúa el carácter hiriente de algunas afirmaciones mediante elaboraciones literarias o términos psicológicos, que, aunque bellas o más exactos, pueden oscurecer el mensaje o atenuar el aldabonazo que se pretende, porque es un mensaje que no sólo tiene que llegar a todos los cubanos, sino que tiene que motivarlos
aunque quizás otros pueblos vecinos puedan sacarle provecho, y es que los cubanos de todas las latitudes y edades tenemos que cambiar radicalmente nuestra mentalidad, labor difícil en los adultos, pero posible y más que nada, necesaria.
Por la misma razón, se debe entender que en la construcción de la Nueva Cuba el aspecto más importante es
la formación de una nueva psicología transgeneracional del cubano, de una nueva cubanía, de un nuevo concepto de ciudadanía cubana, mediante la reeducación de los adultos y, principalmente, de la educación de los niños y los jóvenes.
Y he aquí la dificultad mayor: el apego de los adultos a las viejas y muchas veces obsoletas concepciones sobre la patria.
Las verdades que aquí voy a exponer al desnudo
no son fáciles de asimilar por mentalidades anquilosadas en el pasado. Las soluciones que aquí se propondrán son demasiado originales para ser aceptadas sin más ni más. Aquí no recorro caminos trillados, sino que me aventuro en sendas desconocidas. Aquí no se ensalzan nuestras “innumerables y enormes” virtudes patrióticas, ni se mira la historia para ensalzar nuestras proezas y opacar nuestros yerros. Quienes quieran más de lo mismo tienen que irlo a buscar a otra parte.
Y aquí tengo que insistir una vez más sobre la condición psicológica humana que va a estar incidiendo en la lectura que usted está haciendo en este momento: los seres humanos por lo general somos lectores prejuiciados; es decir, nuestras creencias, nuestras ideas y sobre todo, nuestras emociones y sentimientos, nos van a cegar cuando leemos algo nuevo, sobre todo si lo que leemos no se contenta con arañar levemente la realidad, sino que desnuda la psicología de un pueblo deformada y dañada durante varios siglos.
No repito las introducciones que he expresado en los dos libros que fundamentan éste, para no cambiar la tónica directa y sencilla de este escrito.
Sólo voy a decir que en diversas investigaciones de psicología social
se ha comprobado que si, por ejemplo, alguien cree con firmeza que la solución del problema de Cuba es una invasión americana que empiece por una punta de la isla y acabe por la otra eliminando a todos los comunistas, ése cubano no va a ser alterado en nada en sus convicciones por la lectura de este libro, e incluso, será capaz de encontrar aquí, a pesar de que aquí no existe ninguna justificación razonable para esa idea, alguna que otra “justificación” de la misma no sólo sangrienta y tremendista, sino improbable porque nuestro problema no es el problema de ellos.
Tal como lo leyó.
Todos nos aferramos a nuestras ideas como si ellas fueran nuestros salvavidas en un desastre marítimo.
Cuando usted lee en este momento lo que he escrito, su "razonamiento", por no llamarlo su “racionalización”, está deformado por las creencias u opiniones que usted tenga, y sobre todo, por sus emociones, y usted puede engañarse a sí mismo diciéndose que a usted no le ocurre eso.
Por ejemplo, para los cubanos clásicos la sola mención de mis “ínfulas” filosóficas puede haber despertado una suspicacia socarrona sobre la seriedad de mis planteamientos, o si usted nunca fue atraído por el marxismo y al contrario, lo repelió siempre, al saber que sí creí en él, se le puede haber despertado una emoción de rechazo o menosprecio hacia mi persona y por ende hacia este escrito y no hay razonamiento mío que lo pueda convencer de nada, porque deviene de un imbécil, de un come-de-lo-que-pica-el-pollo o de un engendro del diablo.
Si no nos liberamos de antemano de la opresión que ejercen sobre nosotros, nuestras creencias y sentimientos almacenados, s
omos lectores prejuiciados, irracionales, presos de nuestra psicología histórica individual. Y lo que es peor, nuestras emociones, que hemos almacenado, se reviven al menor descuido cuando se lee algo nuevo e impiden o dificultan el razonamiento sereno y objetivo.
Ya he propuesto en escritos anteriores un camino y lo repito ahora: un camino, no sólo para este libro, sino para todo lo que lea en el futuro; es un camino trabajoso y, muchas veces, doloroso, pero es el único que, no sólo permite ser objetivo, sino que además, enriquece la mente; y dicho camino es el de la muerte y el renacimiento: sea un lector fénix.
Es imprescindible que en la primera lectura de cualquier libro mantenga su mente abierta, ponga a dormir por un momento sus convicciones, controle las emociones que se le despierten, porque si no, será incapaz de aprovechar algo bueno que pudiera haber en lo que lee. Si hace así, si se destruye y se reconstruye a medida que lee se convierte en un lector fénix: un lector que se hace cenizas y renace con nueva vitalidad, enriquecido.
Y, compatriota, en este libro esa lectura de ave fénix es más necesaria que nunca, porque la interpretación de nuestra historia que aquí vas a leer no la has visto en ninguna otra parte y lo que aquí se desnuda de nosotros no es la parte más bella, es lo que muchos historiadores, intelectuales y políticos te han querido ocultar.
Aquí, cubano, no adulo tu "insuperable" inteligencia, tu "capacidad" de sobreponerte a todas las vicisitudes, tus "virtudes"
quizás ciertas cuando eres un ente individual y no como pueblo, para luchar y triunfar, etcétera, etcétera, etcétera y más etcéteras.
No.
¿Vanagloriarnos de que en más de 100 años de República sólo tuviéramos doce años continuos de tranquilidad ciudadana relativa, aunque con la existencia de
pandillerismo político? (De 1940 a 1952)
¿Llenarnos el pecho de orgullo por padecer la dictadura más totalitaria y sangrienta del continente por más de medio siglo?
Aquí, entre tú yo, te recomiendo que al menos en la primera lectura pongas a dormir el sello ideológico con el que te han moldeado desde la niñez, que le otorgues el beneficio de la posible verdad a lo que leas, no pienses que estoy loco por lo que digo sobre el himno nacional
ya en Cuba se censuró alterándolo cuando se estableció la República independiente, o sobre la bandera Cuba ha tenido dos, la primera flotó en la manigua en dos guerras durante más de 20 años.
¿Te sorprende lo que insinúo, que ya viste en la carátula del libro?
Pues no deviene de una imaginación calenturienta, sino de un análisis frío, sereno y tras un estudio bien largo y fundamentado, como podrás comprobar.
Y ahora, cubano, entenderás porque insisto en una primera lectura con mente abierta.
Dicho de otro modo, como propongo una nueva mentalidad ciudadana para Cuba, necesitas poner en descanso, por lo menos para la primera lectura, la concepción ciudadana con la que fuiste formado durante toda tu vida y te aseguro que casi te pido un imposible.
Por otra parte, necesito aclarar que las proposiciones terapéuticas que hago en la Constitución de 20XX están abiertas a todos los cubanos que quieran colaborar con sus ideas, primero a través de un proceso de invitación, e incluso cuando se produzcan las ediciones públicas.
Me precio de ser una persona que continuamente revisa lo que piensa, como lo demuestran mi vida y mis escritos: creo en la duda metódica, no como acción inicial o única, sino con mi variante permanente, y en el vivir de instante en instante, ambos conceptos respectivamente de Descartes y Krishnamurti.
Hagámonos desde ya, nuevos ciudadanos de la Nueva Cuba.

20 de mayo de 2009