ARNOLDO ÁGUILA
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    (Escogido de la "Serpiente Humana", Segunda Edición.) Este cuento inicia el grupo de aquellos que no fueron publicados en Cuba. Éste cuento se publicó en el extranjero.


         NI TAN SIQUIERA EN ESO


    Al final nos dimos cuenta de que ellos no se habían puesto de acuerdo ni tan siquiera en las palabras, pero...

    Allí, bajo un manto blanco, de una brillantez desgarradora.

    Invitador.

    Traicionero.

    En medio de una plaza abarrotada de una aparente soledad de muerte.

    El Instituto.

    La Meta.

    El angustioso gol sobre un campo yerto.

    Donde pudiera descansar el fracaso de todo.

    O la Esperanza.

    Y ellos, acechantes, aguardando ocultos.

    
¿Y las Bestias?

    No se oían los gruñidos.

    Nosotros, esperando la Oportunidad.

    Nuestra Oportunidad.

    Ellos, esperando su Oportunidad.

    La Oportunidad.

    La única esperanza de ellos, de nosotros, el Instituto.

    Éramos, eran, siete.

    Siete samurais con un solo japonés, francés, cubano, china, americana, americano, ruso.

    Mosaico de lo desaparecido.

    Todos estábamos armados, tensos, protegidos en lo posible contra los riesgos de la radioactividad residual. Ellos no teníamos casi alimentos. Les era difícil encontrarlos sin el Daño.

    El Daño estaba en todo para nosotros-ellos.

    
¿El Invierno de Nieve cubrirá mi tierra?, me pregunté.

    El cubano lloré.

    Al verlo llorar lo entendimos y todos pensaron cosas parecidas y lloramos. Era posible que fuesen los únicos Supervivientes en el mundo.

    Hiroshima, así llamaban al japonés, también lloré. Ellos llorábamos.

    El ruso y el americano, los jefes improvisados de ahora, salieron al frente, porque nos sentíamos responsables del reducido grupo que restaba de la Gran Expedición.

    Al principio no ocurrió nada.

    Detrás de nosotros les siguieron nosotros.

    Ya estaban en medio de la plaza cuando vieron llegar a las Bestias.

    Una manada.

    Una manada de nosotros.

    Fieras. Éramos fieras. Los atacabamos mordiéndoles con saña. Teníamos hambre y éstos que aún caminaban erguidos eran comida sana, la única comida sana existente.

    Los matábamos con los fusiles porque eran, éramos, bestias. Pero una de las bestias maté al americano y tú mataste al soviético, matamos morimos.

    Vieron a otra manada y corrieron desesperados disparando, arrastrando a la china y a la americana, quienes deseaban quedarse al lado de nuestros compatriotas ya muertos, yo, el ruso, y yo, el americano.

    Pudimos penetrar en los sótanos.

    La Computadora, única Guardián del Tesoro, nos identificó como humanos y les abrió el camino para cerrarlo inmediatamente ante nosotros, que nos quedamos aullando afuera con gargantas ya no humanas.

    
¡El Instituto!

    Y los cinco extranjeros habían llegado a él.

    El Instituto creado por aquel filántropo para el desarrollo de medios técnicos para la Supervivencia.

    Para la Supervivencia después del Holocausto.

    Nadie sobreviví con inteligencia humana en esta nación, ni siquiera el previsor millonario.

    Afuera las bestias luchábamos entre sí, pero tales ruidos no llegaban a la Antesala del Tesoro, donde debíamos operar la LLave de las Cavernas mediante la voz o escribiendo en los teclados sus peticiones, para obtener el acceso a las riquezas encerradas.

    Cualquiera les pidió silencio y formuló en voz alta su petición, pero nada ocurrió. Uno a uno hicieron sus alegatos, ininteligibles para los demás, pero con igual efecto.

    Después fueron minuciosos ante los teclados, pero tampoco tuvimos éxito.

    Lloraron. Sólo el japonés persistió en el aporreo de las teclas. De modo casual despertó a la Computadora, que llenó las pantallas con los textos de información. De la necesaria para echar a andar el enorme dispositivo de todas las Cavernas.

    Hiroshima observó con angustia los rostros de los hermanos, pero no vimos en ninguno de ellos la señal de comprensión.

    Les increpé con furia. Les gritó. Lloré. Rió. Dijo algo en japonés, lo repitió en Esperanto, pero no entendieron. El bastardo filántropo lo había mandado a programar todo en su idioma, en el de este país.

    Al final ellos se dieron cuenta de que no nos habíamos puesto de acuerdo ni tan siquiera en las palabras.



    
Ya se nota el comienzo de una visión internacionalista distinta de la preconizada oficialmente, y la crítica al no entendimiento. En 1979 se permitió crear relacionada con la Academia de Ciencias una organización esperantista en Cuba, iniciativa de un grupo de personas que, aunque simpatizantes de la Revolución algunos de ellos, no estaban avalados ni inicialmente orientados por el Partido, en uno de los escasos momentos de cierta libertad para los simpatizantes o para los que al menos coexistían pacíficamente con el régimen. No quiere decir que esta asociación (Asociación Cubana de Esperanto, Kuba EsperantoAsocio) se creara fácilmente, sino al contrario, en lucha difícil contra el burocratismo. Es conveniente que ratifique en este momento mi creencia acerca de que el mal principal causante de todos los otros es el monopolio. Pienso que en todas las sociedades existen fuerzas de aglutinamiento y de dispersión, y en mi crítica a los fundamentos hegelianos del marxismo creí ver una falla y era la falta de atención a la tendencia estructural que manifiesta toda sociedad y en realidad todo el universo. A esa tendencia estructural la llamé Ley de la Pirámide, y que mas o menos se expresa así: Todas las relaciones no se encuentran en un mismo nivel y tienden a diferenciarse unas de otras (tendencia dispersiva), formando una base y distintos niveles hasta una cúspide. La cúspide tiende a dominar a los niveles inferiores (tendencia aglutinante). Téngase en cuenta que en las píramides sociales comunistas se han extremado las fuerzas aglutinantes a tal punto que un Sátrapa, un tirano absoluto lo gobierna todo, absolutamente todo, en la esfera de su dominio, una nación completa; la centralización conlleva al burocratismo pues el nivel de decisiones casi siempre se encuentra alejado de la fuente de los problemas, y por último, la centralización va desgastando durante años a la gente, que se ve despojada de todo poder para enfrentar sus propios problemas, convirtiendo estos en problemas ajenos, es decir, se aniquila la inciativa de las personas. Estos tres efectos del monopolio, la creación de un Sátrapa, el endiosamiento del burocratismo , y la apatía borreguil de las gentes, son los crímenes mayores del mayor de los monopolios: el sistema comunista. Es por ello que a pesar de que la cúspide del país (leáse el Uno) se encontraba en una época de bonanza liberal, la autorización de la creación de una asociación como la esperantista constituyó toda una epopeya, según las hazañas que me relataron en 1980 cuando ingresé en la Asociación. En esta asociación ingresé porque en efecto creo que el idioma que se escoja como internacional no debe ser ningún idioma nacional, y el esperanto reúne las condiciones necesarias para ser la lengua para el uso internacional. Además, pensaba que era una manera de escaparme del ámbito controlado por el Estado cubano, y en efecto, pude publicar en revistas y antologías extranjeras algunos cuentos y artículos propios y también algunas poesías de José Martí que traduje. Tengo inédito en Esperanto un pequeño libro dedicado a la obra (traducciones de cuentos y poesías) y vida de nuestro apóstol.