ARNOLDO ÁGUILA
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EL GUARDIAN

Por Yoss


Quien está dispuesto a arriesgar su vida por una causa, suele luego estar dispuesto a sacrificar la vida de otros en nombre de lo mismo. Y es solo ese pequeño paso el que separa al héroe del tirano.
Anónimo Chino


    Dicen que todo ocurrió así... Pero nadie sabe a ciencia cierta, dónde, ni siquiera cuando.

En lontananza, un suave resplandor. Pero no son truenos, pese a que empieza a batir la tormenta. Las líquidas hebras de una fina lluvia se entretejen con las del viento y la noche en una empapada, fría mortaja de oscuridad en torno a la torre, que solo rasga de cuando en cuando la raíz de fuego de algún relámpago. Pero dentro está seco y caliente. A la luz de un buen fuego, ajeno a las inclemencias del exterior, el viejo mago repasa por enésima vez sus antiguos tratados, inmerso en su propio mundo de hechizos y conjuros impronunciables. Hasta que rompe su concentración aquel toque tímido y a la vez perentorio.

El mago pronuncia un par de ininteligibles palabras y la puerta se abre, chirriando sobre sus vetustos goznes, pero nadie entra. No teman. Sean bienvenidos a mi morada… pero pasen, que la noche es fría y más bajo la lluvia- dice al fin el nigromante, y aun así el pequeño y empapado grupo de hombres armados permanece aún un instante en el umbral, dudando. Al fin entran, pero despacio y mirando al suelo, casi reluctantes..

No son soldados… la experta pero bondadosa mirada del anciano brujo lo deduce a la primera ojeada. Sus pobres y harapientas vestiduras en nada se parecen a corazas, y si bien sus músculos se ven fuertes, su prestancia es torpe y envarada, de hombres más acostumbrados a las fatigas del trabajo que a las de la guerra. Y por si fuera poco, traen tres pollos flacos y un famélico cordero,tan empapados como ellos.

Sin embargo, algunos van envueltos en sanguinolentas y improvisadas vendas, y los rostros de todos están tiznados de un hollín tan persistente que a resistido a la lluvia,. El nigromante, curioso, se pone en pie, va hasta la ventana y mira.

Sus viejos y sabios ojos captan un distante resplandor que la lluvia misericordiosa ya sofoca tras los montes. Y comprende al punto la tragedia del combate, del saqueo e incendio de la aldea de sus inesperados visitantes. Pero aún busca la confirmación en aquellos ojos enrojecidos que no enfrentan sus pupilas, sino que siguen mirando al suelo, como avergonzados.

Hasta que al fin se detiene en una faz más familiar... cuyo único ojo no baja la vista. El viejo duda de su memoria. Está seguro de que tenía dos... Mira con más atención. En efecto, la venda que ahora cubre la cuenca ocular derecha está ennegrecida, y no solo del hollín y la lluvia. Esos cuajarones solo pueden ser...

-¿Otra vez los bandidos, Korag?- le pregunta simplemente al tuerto, el hombre alto y fornido que guia a los sobrevivientes, el único que empuña una espada, aunque sea vieja y oxidada, y no un hacha de leñador, una guadaña o una lanza improvisada.

-Sí, ayer... esta vez me escucharon y luchamos, pero fue peor, oh Arlt El Impredecible. - el antiguo mercenario pronuncia el nombre con respeto, y luego añade, casi como disculpándose mientras se acaricia la órbita vacía a través del parche sanguinolento.
Fue peor. Y no lo digo solo por mi ojo, mago, ni por las casas y las cosechas. Murieron muchos. No saben pelear, no son soldados, por eso pensé que tal vez tú... en nombre de nuestra antigua amistad.

-¿Podría transformarlos en guerreros invencibles?- ríe el mago
No me hagas reír, Korag; soy poderoso, pero no un dios. Convertir a unos torpes destripaterrones en invencibles paladines es demasiado hasta para mí. Pero una vez me salvaste la vida y tengo una deuda contigo- su ceño hirsuto se frunce, pensativo y su mano se alza Haré lo mejor que pueda. Pero guarden ese triste cordero y esos pobres pollos. El hambre de sus mujeres e hijos los necesita más que yo. Sí, creo que hay una cosa que puedo hacer... aunque tal vez no debería...-y hurga unos momentos en las páginas del enorme volumen en el que se hallaba enfrascado antes de la inesperada interrupción.

De súbito, a un gesto del Impredecible (de quien en la aldea se dice que es más viejo que las montañas y que el diablo mismo, si es que no es él el Maligno En Persona) las llamas del hogar se alzan como olas, y sus reflejos encienden chispas rojas en los pechos de los atónitos y desesperados campesinos. La voz profunda del anciano nigromante resuena con las cavernosas reverberaciones de arcanos conjuros.

-Anac Nafrac Yuglien Nephel... ¿Qué es morir, sino ver separada el alma del cuerpo? Kyril Josthah Nabul Quesler... ¿Puede morir acaso aquel cuya alma no está encerrada en el cofre de su corazón? Ibor Myfryn Jafur Hozgan... ¿Y no es entonces invulnerable quien conozca tal secreto? Hytar Ncynykl Felgyr Naybar...

Todas las chispas rojas abandonan los asombrados pechos para unirse, junto con otras muchas llegadas desde fuera, en un tremendo, único fulgor. Que flota, fuego por encima del fuego, girando sobre la ondulante hoguera... hasta que las llamas parecen marchitarse como agotadas y el mismo resplandor encogerse y endurecerse. Los dedos sarmentosos del mago lo atrapan entonces con un ademán rápido de ave de presa, para depositarlo en la mano abierta de Korag.

Sobre la palma ancha y llena de cicatrices del campesino tuerto que un día fuera soldado hay un enorme rubí sin tallar ante cuyo sanguinolento refulgir se abren todas las bocas de sus coterráneos. Tan grande como un corazón humano, tan hermoso como su latir. Sí, porque hasta parece latir, como si estuviera vi...

-Hecho está - se deja oír de nuevo, cansada, la voz del nigromante, aunque ahora, por más que la buscan por cada rincón, no alcanzan a individuar su encorvada, inconfundible silueta
La magia ha hecho su parte. Ahora las almas de la aldea, hombres y mujeres, están todas atrapadas en la gema. Mientras la custodien bien, por torpes que sean manejando las armas, ninguna herida podrá matarlos, ninguna enfermedad debilitarlos. Pero aún algo que deben hacer los hombres. Cuidado, Korag, si has de ser tú quien vigile la joya... te lo advierto: no alejes nunca el rubí del calor de tus manos, o todos padecerán frío. No cierres tus dedos en torno a él con demasiada fuerza, o una extraña opresión les atenazará el pecho. No hundas la piedra en agua, o el ahogo les morderá los pulmones. Sé justo, se digno, sé fuerte... desde ahora eres el guardián de tu aldea- y luego no se escucharon más que el viento y la lluvia.

Los campesinos regresan a las ruinas de su villa, sobrecogidos. El mágico rubí, rústica y apresuradamente atado con una tira de cuero, pende del cuello de Korag, oculto de la intemperie bajo su harapienta y sucia camisa. La fina llovizna se torna torrencial aguacero, pero ninguno se resfría siquiera. Y en los días siguientes comienzan a ocurrir cosas raras. Como que Kuno, el hijo del molinero, que debería haber perecido aplastado bajo las muelas de piedra al vocarse su carreta, se levanta ileso cuando remueven el caído vehículo. O que en la mano de Ygraida, la tejedora, no queda ninguna huella de la lanzadera conque se la atraviesa en un momento de descuido.

A la luna siguiente, cuando ni siquiera han reconstruido los graneros, una nueva horda de asaltantes cae sobre el pueblo, atraída por su fama de presa fácil. Muchos aldeanos ni siquiera intentan huir, desalentados ante un destino que parece inevitable... al menos si no hacen resistencia podrán conservar la vida. Pero, con la decisión que da la desesperación, unos pocos hombres encuentran fuerzas para salirles al paso a los malhechores. A pie, de nuevo capitaneados por Korag, que blande su vieja espada en la mano derecha, la izquierda vuelta apretado puño y protegida por varias vueltas de una tira de cuero barnizado.

Los despiadados bandoleros ríen al verlos acercarse. Será hasta entretenido, como un juego ¿Qué pueden hacer unas pocas hachas y guadañas en aquellas manos solo habituadas al trabajo frente a casi treinta espadas y lanzas bien manejadas por brazos entrenados para la muerte?

Pero su risa se troca en llanto cuando descubren que la muerte parece por completo ajena a aquellos torpes labradores. Parece imposible, pero no mueren. Se niegan a caer bajo sus golpes. Sí, las flechas y lanzas penetran sus cuerpos, las espadas y cimitarras cercenan sus miembros una y otra vez, como debe ser... Pero todo es en vano. La carne agujereada se cierra al instante, los brazos, piernas y cabezas amputados se alzan solos para reunirse con sus cuerpos y soldarse de nuevo. Y cuando los torpes pero resueltos golpes de rastrillos y guadañas empiezan a derribar a los soberbios jinetes de sus monturas, el pánico a lo monstruoso inexplicable se ceba en sus fieros corazones y pone alas en los ijares de sus corceles cuando buscan la salvación en la fuga gritando “¡
Brujería, brujeríaª!

Los aldeanos, aún escépticos de su buena suerte, vitorean a Korag, tan asombrado como ellos, que declina todo mérito señalando a la gema en su puño y a la distante torre del nigromante, verdadero artífice del mágico triunfo. Y allá lejos, las apergaminadas facciones de Arlt El Impredecible se relajan en una amplia sonrisa.

En las semanas siguientes, pese a su creciente fama de hechizado, otras tres bandas nómadas atacan el poblado: sus graneros reconstruidos, aunque solo a medio llenar, empiezan a ser todo un tesoro en una región ya mil veces asolada por impuestos, plagas y saqueadores.

La historia se repite. De los dos primeros grupos también logran escapar algunos sobrevivientes, heridos y aullando de puro terror, pero del tercero, el del tristemente célebre Dardag El Implacable, que ya asolara la aldea en dos ocasiones anteriores, no queda ni uno. Siempre guiados por Korag, el rubí al cuello o bien sujeto en su mano, y seguros ya de su mágica invulnerabilidad y cada más duchos en las antes ignoradas artes de la guerra, el poblado entero, incluidas mujeres y niños, les tiende una hábil emboscada a los bandoleros y cae sobre ellos por sorpresa.

Y pasan días antes de que calle el triste lamento del último bandido crucificado, cuyo eco hace fruncir preocupado el ceño al amo de la lejana torre..

Orgulloso de su fuerza y de su caudillo, el pueblo entero homenajea a Korag, nombrándolo oficialmente Guardián, y deciden desde ese día exonerarlo de las labores del campo, para que cumpla mejor su nuevo y difícil cometido. Honrándose de hacerlo, cada uno de los labradores trabajará por turno su parcela. Mientras él, refulgente en la armadura que perteneciera a Dardag, que no solo cubre su pecho, sino también los eslabones y el engarce de estaño que ahora sustituyen la primitiva sujeción de pieles de la gema hechizada, custodia sin descanso las lindes del poblado, atento a cualquier nueva amenaza.

Es gracias a tal vigilancia que el hambriento dragón es detectado apenas aparece sobrevolando la aldea. Y que todos sus pobladores se alzan, de nuevo como un solo hombre, para impedir que el terrible reptil aplaque su hambre centenaria con sus preciadas mieses y rebaños.

Tres días dura la tremenda batalla, entre llamaradas que vitrifican la tierra y coletazos que rajan las rocas. Lanzas y flechas rebotando inútiles contra la negra coraza de escamas de la bestia, dentelladas y zarpazos destrozando miríadas de aldeanos... solo para que vuelvan a alzarse y retornen con más ímpetu a la lucha que parece interminable. Al final, la terquedad de los hombres puede más que la furia ciega de la serpiente alada, que comprende que la magia anida poderosa en aquellos inmortales labriegos y prefiere marcharse en busca de presas menos problemáticas. Pero cuando alza el vuelo, se lleva para siempre la vieja espada de Korag, hundida en lo que fuera uno de sus ojos.

Esa noche, en el festín de la victoria, Korag dice entre carcajadas que al fin ha vengado su herida. Ojo por ojo... y anuncia que ha decidido también tomar para sí como nueva espada la que fuera de Darag, una preciosa hoja de puño dorado y cubierto de gemas que la aldea en pleno acordara enterrar por si algún día era necesario tal tesoro. Y cuando algunas voces de protesta se alzan, acusando al Guardián de no respetar los acuerdos de la comunidad, una chispa brilla en la solitaria órbita del ex mercenario, y su mano robusta se hunde bajo los pliegues de su nueva y espléndida camisa de seda para oprimir con inesperada rabia el rubí engarzado en estaño.

El dolor derriba a los hombres más cercanos y hace retorcerse a los más distantes. Mientras sus compañeros se arrastran y suplican, Korag les recuerda que solo puede haber un Guardián, y de paso les exige oro, único metal digno del contacto de la sagrada gema.

En la torre, de los ojos del viejo nigromante escapa una lágrima...

Pasa el tiempo. Los bandidos evitan la aldea
de los zombies inmortales como evita el diablo al agua bendita. Un estúpido troll vagabundo que llega por error a sus puertas es masacrado por los pobladores pese a su monstruosa fuerza y su porra de casi media tonelada. Korag, en primera línea, dirige el combate. Sin temer al azote de los salteadores y como favorecida por los dioses de las cosechas, la riqueza del pueblo crece veloz y orgullosa. Aunque no tan orgullosa como es ahora el paso de su Guardián, al que los encajes se le desbordan del cuello y las mangas de su armadura de resplandeciente acero, y ante cuyo único ojo fiero bajan todos la vista, aterrados de la posibilidad de sufrir otro apretón de alma.

Un día un joven matrimonio se cansa de trabajar de sol a sol para engrosar las arcas del Guardián, y lo acechan tras un callejón para matarlo. Las hojas de dos puñales penetran por una juntura de la armadura, pero solo para confirmar que el hechizo del mago también protege a su opresor, antes de que el pueblo entero caiga retorciéndose de dolor por la vengativa reacción de Korag. Y esa noche, con lágrimas en los ojos y odio en los corazones, pero temor en los rostros, la aldea contempla silenciosa como los transgresores que ellos mismos fueran obligados a atar son enterrados vivos por el Guardián. No poder morir no significa no poder sufrir.

Desde esa noche, el canto de los grillos en el poblado enmudece, como espantado por los gemidos interminables que se alzan desde la tierra.

Y en su torre, el mago Arlt se mesa los cabellos llorando y hasta rasga sus aterciopeladas vestiduras. No puede hacer más que cumplir un deseo, y si nadie lo expresa...

Una famélica pero aún fuerte y numerosa tropa que regresa derrotada de la guerra se desvía hacia el villorrio, único oasis de prosperidad en la comarca asolada por plagas y bandidos. El Guardián deja acercarse al vencido pero aún poderoso ejército hasta las puertas sin hacer nada, hasta que, tragándose el orgullo que les queda, los aldeanos acuden a rogarle que los capitanee otra vez en la defensa, y que no les niegue el salvador conjuro de la piedra.

La batalla es larga y cruenta, pero como era de esperar, tras perder a más de la mitad de sus camaradas, los restos de la tropa vencida por segunda vez se retiran sin haber podido hollar los campos del poblado. Esta vez no hay festín de la victoria ni hurras para Korag El Guardián. Con el aliento en suspenso, la aldea entera espera y reza a todos los dioses para que ellos tengan tiempo de...

Pero el ojo de halcón de Korag solo tarda dos horas en descubrir que faltan algunos... y su mano feroz apenas otro segundo en castigar a los que quedan, amenazando con terribles represalias si no revelan el paradero de los fugitivos. Al fin, una niña de cinco años no resiste más y señala con su adolorido dedito la silueta de la torre de Arlt, murmurando “
Fueron a pedirle ayuda... ayuda contra ti, Guardián

No hay tiempo que perder. Arreados por el dolor y las amenazas, los pobladores recorren de nuevo el camino hasta la torre del Impredecible. Son una turba aullante capitaneada por Korag, que ha olvidado deudas de gratitud y viejas amistades en su deseo de destruir a quien sabe el único capaz de amenazar su poder absoluto.

Entretanto, en la torre, bajo la mirada ansiosa de ocho campesinos pendientes de cada una de sus manipulaciones, el anciano hechicero trenza un nuevo hechizo de retumbantes sílabas. Y de nuevo el fuego parece fluir a su conjuro, cuando ya resuenan cercanos los pasos y alaridos de Korag y sus esclavos.

Temblando de miedo, pero con el valor de la última esperanza, los ocho emisarios de la aldea le salen al paso a su Guardián convertido en tirano. Quizás con su sacrificio pueda el nigromante detener al tirano...

En efecto, Korag se detiene un momento, alzando instintivamente la espada enjoyada, pero luego sonríe y su mano busca dentro de su camisa. Hay otra gema que les hará más daño a esos malditos rebeldes... y ahora va a regalarles más dolor que nunca antes de despachar a ese maldito mago entrometido. Para que aprendan, para que no olviden nunca más quién manda, quién es el más poderoso, el único, el Guardián...

Pero cuando sus robustos dedos oprimen el encantado rubí, no es la familiar sensación de piedra viviente la que encuentran, sino una textura nueva, frágil, desagradable, arenosa. Extrañado y medroso, Korag alza su mano y baja la vista. Ya no hay gema, sino solo un montoncito de arena que se desmorona en su mano callosa, un puñado de fino polvo rojizo que el viento dispersa antes de que alcance a tocar el suelo.

Y la voz del nigromante se deja escuchar por última vez:- Te lo advertí, Korag. Por miedo a perder tu poder infundiste el miedo a los demás. Mucho oprimiste, Guardián... tanto, que tu poder se te escapó de entre los dedos.

Korag aúlla, y girando sobre sus talones, se pierde en la noche.

Y desde entonces han pasado años.

Cuentan que ninguno de los antiguos camaradas ya no más esclavos de Korag intentó detenerlo en su fuga... quizás por el recuerdo del iempo en que era uno de ellos, aún no Guardián ni Tirano. Que nunca se ha vuelto a tener noticia del mago, y que la torre lleva tiempo vacía.

Cuentan también los arrieros que traen al pueblo la sal del mar lejano que unos cazadores encontraron en el bosque los trozos de la soberbia armadura que fuera primero de Dardag y luego de Korag. Y aunque nunca apareció la espada, hay quien dice haber visto uno de los topacios de su empuñadura en una subasta de nómadas, y muchos suponen que las otras gemas, arrancadas de su engarce, aún pasan de mano en mano por el mundo.

Lo único cierto es que la torre del nigromante sigue en pie, que la prosperidad del pueblo continúa, y que todavía son muchos los que temen acercarse a sus tierras. Si bien empiezan a correr rumores de una nueva y despiadada horda de bandidos, la de Hamal El Resentido, y se comenta susurrando en los hogueras nocturnas que el tal Hamal no es sino un hijo medio idiota del muerto Dardag, y que quien realmente dirige la banda es un hombre enorme y sombrío, de un solo ojo, y sin nombre conocido...

Sea cierto o no, los hombres de la aldea se dividen en dos bandos cuando hablan del tema.

Están los que miran ceñudos a la oscuridad mientras afilan sus hachas hasta una agudeza con la que ningún leñador en su sano juicio acometería el tronco de un árbol y preparan toscas flechas gruñendo que ya se verá... y los que se acurrucan medrosos en torno al fuego, mascullando que, después de todo, cuando estaba el Guardián esas cosas no pasaban...

                                    28 de agosto de 2002