ARNOLDO ÁGUILA
Portada | Escribirnos | Selectos | Novedades | Biografía | Libros | Filosofía | Correo | Cuba | Comentarios | Foros | Amigos | Estadística | Esperanto |

BÚSQUEDA




Ir a "Amigos"



    Y VUELTA LA BURRA AL TRIGO



    Mi madre me despertó con un beso en la frente. Sentado en la cama, perezoso, me estiraba y bostezaba. Di unos pasos tambaleantes y abrí la ventana que daba al patio. Ya la luz de la alborada alumbraba suavemente la copa de los árboles frutales aquí donde vivía. Abrí la puerta que daba a la cocina y con el aire me llegó el aroma agradable del café que acababa de colar mi madre. Ella encendía la candela con las astillas de leña que yo le dejaba amontonadas cerca del fogón. Ella introducía un pedazo de papel dentro de la hornilla y encima le colocaba las astillas.
    Con pasos inseguros, porque todavía estaba medio dormido caminé hacia la mesa de la cocina y me senté en el banco. Allí le hice cosquillas con la punta del zapato en la barriga de Celaje, nuestro perro mimado, que se encontraba acostado a todo lo largo debajo de la mesa.
    Alguien tocó la puerta de la cocina y mi madre la abrió.
    -Buenos días, Manuel -saludó mamá.
    -Buenos días, Rosita -le contestó mi tío Manuel-. Pasaba por aquí y el olor de tu sabroso café me trajo hasta la puerta.
    -Cómo no, pase, Manuel.
    Mientras mi madre traía la consabida tacita de café yo me encaminé con los brazos cruzados hacia donde él se hallaba y le dije:
    -Buenos días, tío Manuel, écheme la bendición.
    -Que Dios te bendiga, sobrino -me contestó con voz sonora.
    En ese momento llegó mi padre y mi mamá de inmediato pasó al cuarto para prepararme el baño y la ropa limpia para mi marcha a la escuela. Papá saludó a su hermano y cuando vio que yo estaba jugando con el perro me zarandeó, me empujó y dijo con dureza:
    -A estas horas sentado todavía sin abrocharte los zapatos.
¡Apúrate! Date prisa, que tienes que regar la hortaliza antes de salir para la escuela.
    Mientras caminaba hacia el pozo para regar las legumbres oí que mi padre exclamaba:
    -Y...vuelta la burra al trigo.
    Algo habría dicho mi tío, porque a él sí no lo callaba nadie y expresaba siempre sin temor sus puntos de vistas. Ya en otras ocasiones había discutido con mi padre sobre la forma imperativa con que nos trataba. "
¿Crees tú que voy a criar zánganos? Mis hijos mayores son hombres honrados y trabajadores como ninguno en este pueblo." "No dudes cuánto te habrán reprochado la falta de atención, de comprensión y cariño que tú le negaste cuando ellos mas lo necesitaban. Vamos a ver, ¿cuántas veces habrán disfrutado ellos de la belleza de una noche estrellada?" "Y ¿acaso tú no te acuerdas de los halones de oreja y los puntapiés por el fondillo, acompañados por la voz atronante de mando de nuestro padre?" "Tu vives equivocado en estos tiempos. La época en que vivimos exige que los padres sean mas sencillos, espontáneos, cariñosos y mas abiertos a la vida."
    No entendí muy bien la conversación porque estaba demasiado nervioso, ya que el tiempo era corto para completar el riego de la hortaliza, cambiarme de ropa y repasar la lección, no fuera a ser que me castigaran quitándome la hora del recreo.
    Mi madre me echó un menudo en el bolsillo para que cuando saliera de la escuela comprara en la panadería un pan y un dulce para mí.
    Mi amiguito Robertico salió junto conmigo de la escuela y lo invité para que me acompañara hasta la panadería. Pero en vez de ir a la que acostumbraba decidí ir a la tienda de Chicho, porque yo coleccionaba postalitas de los peloteros de las Grandes Ligas norteamericanas y me faltaban dos para completar el álbum, y a lo mejor Chicho me daba como contra las que me faltaban. Después de hacer la compra le pregunté a Chicho si tenía postalitas. Me dijo que no, pero que me iba a dar la ñopa. Sacó debajo del mostrador un viejo violín y comenzó a bailar mientras tocaba el instrumento. Cuando terminó el sainete nos preguntó muy campechano:
    -
¿Les gustó?
    No me faltaron deseos de mandarlo a freír tusas, pero forcé una sonrisa y nos fuimos.
    -Fracasaste con el payaso ese -me dijo Robertico ya en la acera.
    -Sabrás -cambié el tema de la conversación- que estoy terminando de fabricar una mascota de lona y trapo y que ya estoy loco por estrenar.
    Resultó que lo hice descubrir la sorpresa que me tenía preparada y que era que como su padre era carpintero nos había hecho un bate de majagua para nuestro equipo de pelota, "Los Bravos", en el que Robertico era primera base y yo el receptor.
    Ya cerca de mi casa nos despedimos con palmadas en la espalda y le dije:
    -Practicamos mañana.
    -A las cuatro.
    Sin embargo, no estaba seguro de que siendo sábado mi padre me diera permiso para ir a jugar con mis amiguitos. Mi padre no era igual que los demás. Eso ya lo había comprobado el domingo pasado cuando visité a Robertico en su casa y vi a su padre, a Juan, que se encontraba jugando con el hijo menor, Alfredito, de solo cinco años de edad. Ese fin de semana fue maravilloso con competencia de bicicleta y triciclo. Subidas y bajadas por un puente improvisado en medio del jardín y terminamos con dos mangueras todos mojados sobre una lona comiendo chucherías y tomando jugo de naranja.
    Cuántas veces había pensado al ver que mi padre se dirigía a mí con cara alegre que venía a invitarme a jugar con él. Pero
¿cómo no me iba a desencantar si siempre era lo mismo? Cuando no era una orden, era una pregunta, como esta última que cambió mi esperanza de que venía a darme un beso: "¿Ya preparaste las viandas que se van a sancochar mañana para los marranos?"
    Estaba atrapado entre la espada y la pared, pues por el otro lado mi hermano mayor despertaba "mis malas pulgas", pues veía como él gozaba de algunos privilegios que yo no disfrutaba. Ese sordo celo me empujaba a tratar de igualarlo en las acciones que le daban mérito sobre mí. Cuando íbamos a la finca a trabajar juntos yo le exigía que nos asignáramos tareas iguales y eso era lo peor que podía hacer, porque por mucho que me esforzaba para emparejarme con él, no lo conseguía.
    Y lo que era peor, en mis tiempos libres tenía que cargar con mi hermano pequeño, porque mi madre me lo pedía también y yo lo aceptaba a regañadientes porque el compañerito que me asignaba mi padre era una molestia en los juegos, en los deportes. Yo lo hacía, mas que para cumplir con mi padre, para cumplir con mi madrecita que era muy dulce conmigo y no le podía decir que no. Ella era mi tabla de salvación en mi mundo, en mi ambiente de métodos antiguos, demasiado severos y tajantes, que aún viven en la mente de mi padre.
    Por causa de su inflexibilidad tenían lugar escenas de disparidad de criterios y discusiones entre ambos. Mi padre se caracterizaba por decir antes de comenzar estas disputas de intransigencia casera: "Y...vuelta la burra al trigo". Mi padre aunque era un español muy acubanado nunca olvidaba esos sabios refranes de su tierra, sobre todo éste en especial que de modo tonto repetía yo y le daba vueltas en la cabeza, unas veces intentando comprender su sentido y otras por mera curiosidad.
    Hoy sábado por la mañana vino Robertico un momento para enseñarme el bate que su padre nos había hecho. Aproveché la ocasión para aplazar la cita que le había hecho ayer viernes, para que en vez de practicar hoy lo hiciéramos mañana domingo. Le di la disculpa de un viaje prematuro en familia.
    Llegó el domingo y no pude ir a practicar con Robertico, porque se presentó un trabajo urgente en la casa. Hubo que desgranar el maíz de la barbacoa y meterlo en tanque cerrado, para que los gorgojos no lo siguieran dañando.
    Todo se desarrollaba escalonadamente. En casa del pobre no hay tiempo para el ocio. Mi misión al salir de la escuela era distinta a la de mis amiguitos. Ellos corrían a sus casas para cambiarse de ropa y salir a la calle a jugar. Al contrario, yo iba directo a mi casa a cambiarme de ropa para cumplir con mis obligaciones caseras. Mi oportunidad para jugar estaba señalada para los domingos por la tarde, si no se presentaba una urgencia que resolver, como la que había sucedido este domingo.
    Vivía convencido que desobedecer a mi padre traía como consecuencia para mí una tremenda "zurra" y a pesar de eso, yo lo hacía de vez en vez, y me iba con mis amiguitos a jugar, a pesar de que no saldría ileso.
    Tenía en mente aprovechar una oportunidad, un día cualquiera, para disfrutar, para disfrutar unas horas jugando con mis amiguitos. Sabía que no valdrían las súplicas, ni las protestas, el silencio sería mi respuesta, sabía que mi padre no cambiaría las reglas, no rompería lo que él había establecido.
    
¿Y qué mejor ocasión que la del próximo domingo, en el que nuestro equipo de pelota estaba invitado a jugar en los terrenos de la vecina villa? Ese día sería el último de mis cabezonadas, pero haría todo lo posible para estrenar mi mascota de receptor y me divertiría de lo lindo. Ese día no me importaría que se secaran las legumbres por falta de agua o que los gorgojos se siguieran comiendo el maíz.
    Mi madre sospechaba mi fuga y tal vez no me retuvo, porque mi padre y mi hermano mayor habían salido temprano en la mañana.
    El tiempo se fue rápido y al fin tenía que volver a casa y mientras caminaba de regreso sentía como si el sol se demorase en su viaje al ocaso y mi padre me vería llegar inevitablemente.
    Al llegar entré por el jardín escudriñando cada rosal o arboleda creyendo ver en cada sombra la silueta de mi padre. Caminaba con lentitud arrimado a la larga pared de mi casona para entrar por la parte de atrás de la cocina, pero al terminar la pared
¡zas! caí en el anzuelo, ya que mi padre era mas astuto que yo. Y de acuerdo con su código "marcial", mi padre sabía de sobra cómo arreglar las cosas a su manera. Para imponer respeto a sus hijos valía mas el puntapié que las palabras. Esta sería una escena en tres tandas: la primera, un halón de orejas que me hizo ver las estrellas; la segunda, un par de cintazos bien fuertes; y la última un puntapié por el fondillo que me hizo aterrizar a tres metros de distancia.
    A los gritos acudió mi madre, una ferrolana dulce y apacible, aunque eso no le impedía soplarnos de vez en vez una bofetada gallega cuando mi conducta lo merecía. Pero, como mujer y como madre al fin, mas benévola y comprensible que mi padre. Ella me levantó del suelo y me ayudó a limpiarme y me curó algunos rasguños en los codos y rodillas.
    Después de esto, sumiso y hecho una "melcocha", cuando se acabó la cena y la familia se reunió en la sala de tertulia me fui arrimando con cautela hasta encontrar un lugar donde mi padre no me viera frente a frente, pero fue inútil ya que de reojo me "pilló" y me mandó para la cama.
    Mi madre volvió a discutir con él:
    -No te queda ni un vestigio de amor y comprensión para tus hijos.
    Mi padre se levantó del asiento y volvió a repetir su refrán:
    -Y...vuelta la burra al trigo.
    Y volvía a defender su conducta.
    En el dormitorio me preguntaba una y otra vez
¿qué querría decir mi padre con ese refrán? Me pasé toda la noche en una interminable pesadilla en la que me preguntaba sin cesar quién sería el trigo, quién sería el burro, quién vuelve a qué.


    ELADIO MIGUEL
    Copyright 1994