ARNOLDO ÁGUILA
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La cultura del desvínculo
        
Por O-Brecht



Busco en el diccionario la palabra afinidad; en lo que se refiere a la dimensión estrictamente cultural y simbólica de la palabra, me sale esto: "Atracción o adecuación de caracteres, opiniones, gustos, etc., que existe entre dos o más personas". Pero como soy un tipo raro y siempre me he negado en separar estrictamente el cuerpo del alma, o lo que es lo mismo, lo biológico de lo cultural, me paro también en esta otra definición: "Tendencia de los átomos, moléculas o grupos moleculares a combinarse con otros".

La palabra afinidad siempre ha tenido especial magnetismo para mí, pero lo verdaderamente misterioso de esta palabra, no es su significado, sino las múltiples causas que hacen germinar ese sentimiento de cercanía, de empatía con el otro; un sentimiento en el cual sentimos al otro, no como un ser totalmente diferenciado, opaco, distante, sino todo lo contrario. En esa afinidad, germina una dimensión de la persona en la que deja de sentirse como individuo aislado, y pasa a ser ciudadano, Irlandés, socialista... o cualquier otra identidad que posea íntimo significado y relevancia para él.

En esta torre de babel global vivimos lo que Eduardo Galeano denomina, en algunos de sus libros, la cultura del desvínculo. La sensación de vacío y desarraigo, la carencia vital de un sentido que impulse nuestra actividad cotidiana, más allá del rígido e utilitarista esquema de valores que impone la estructura socio-económica del neoliberalismo, más allá (habría que decir, mejor más acá) de las tareas que se denominan como socialmente productivas, es, sin dudarlo, una realidad (anímica, pero realidad, al fin y al cabo, ¿o es que no se puede hacer una sociología del desarraigo?) que, si bien no puede ser palpable con la matemática frialdad de las gráficas macroeconómicas o de la objetividad estadística, tiene su raigambre en el interior de muchos individuos; la ciencia no puede aspirar a tener el monopolio de la verdad, la dimensión íntima del individuo, sus pasiones, afectos y deseos no pueden ser analizados con la académica frialdad del método científico.

Hablaba hace unos días con un gran amigo sobre todo y nada, desembocamos en la opinión compartida de que lo que llamamos exactitud científica, a veces, tiene un sabor agridulce. Es más, tal exactitud es insuficiente, sobre todo a la hora de comprender un objeto de estudio tan rico, plural, maleable, diverso, cambiante e impredecible como la sociedad humana; sin rodeos: puede que sea exacto representar en una gráfica el balance de las muertes de la guerra del Vietnam, pero la exactitud de esta gráfica no tendrá, ni por asomo, la capacidad que tiene la imágen, la fotografía (¡nuestros sentidos, al fin y al cabo!) para trascender la aprehensión puramente cognitiva de lo humano... y pasa a ese sentimiento de empatía con el sufrimiento ajeno.

La cultura del desvínculo muestra un total desinterés por la realidad humana, rinde apología a lo práctico, a lo inmediato... y pretende abarcar casi todas las dimensiones de nuestras vidas; hace unos días, una compañera me comentaba que era curioso observar en qué medida el pensamiento económico está determinando la escala de valores del pensamiento político, incluso en su dimensión simbólica, en la preconcepción que éste se hace de lo que debería ser una vida feliz en comunidad. Yo no soy filósofo, pero la entendí a la perfección; me comentaba también esta amiga la dificultad de encontrar espacios de socialización que no fuesen los espacios de consumo, lugares en los que los hombres se relacionen con hombres, no con cosas; lugares en los que los hombres intercambien experiencias, sueños y esperanzas... no cosas. Cuando la realidad está vacía de sentido, no queda más remedio que utilizar la palabra para devolvérselo, abrir esa ventana es abrir una epistemología del sentido, es atreverse a formular, individual y colectivamente, la pregunta más importante : ¿a dónde vamos, a dónde queremos ir con este modelo de sociedad?

Dicen que la literatura huye del monopolio que ciertos científicos tienden a crear a veces alrededor suyo con escolástica prepotencia, autoproclamándose como los gurús de eso tan problemático llamado realidad. Pero un exceso de romanticismo es tan contraproducente como un exceso de cientificismo; el problema no es la confianza en el poder emancipador del conocimiento tecno-científico, el problema es convertir a éste en el guardián de lo real. Lo cierto es que somos humanos y tenemos límites, por lo tanto, nuestras creaciones también han de serlo; admitir los límites de la literatura es tan necesario como admitir los límites cognitivos del conocimiento científico, amén de las consecuencias sociales del endiosamiento de la tecnología.

Dejando este tema, sigo centrándome en esa palabra llamada afinidad, ese punto donde dos seres convergen en cuerpo y alma; un sentimiento que vivifica y devuelve al sujeto el sentido, la razón inmanente, terrenal, el porqué es algo más que un individuo aislado; quizás sea hora de crear una sociología de la afinidad, sobre todo en un mundo que se ahoga en el más pútrido y fácil de los individualismos. Dudo mucho que ciertas autoridades competentes en sociología me tomasen en serio. Me da igual, si la literatura ha de tener piel y sangre, no veo porqué al objeto de estudio de la sociología ha de despellejársele hasta dejarle sólo el esqueleto.

Cuentan que Herbert Marcuse, cuando estaba pasando sus últimos días en un hospital, fue visitado por Jurgen Habermas. Marcuse miraba a través de la ventana, con la mirada perdida, sumergido en sus recuerdos y con la respiración entrecortada; haciendo un esfuerzo, le dijo a Habermas:

-Jurgen, ya sé cuando surgen nuestros valores morales; en el momento de la contemplación de la miseria, del dolor humano.

Marcuse nació y murió ateo; sin saberlo, en esa confidencia a Habermas, estaba hablando de la piedad. No me cabe la menor duda de que él ni siquiera estaba pensando en tal palabra. Lo que yo llamo piedad no sería para él ningún sentimiento divino, sino humano; yo me encuentro entre los que pensamos -y sentimos- eso: no hace falta creer en Dios, no hace falta ser creyente para sentir lástima y horror por el dolor innecesario. Habría que convencer a algunos de que la afinidad es una realidad corpórea, no necesita a "Dios" para ser sentida; y es más, tampoco necesita de estructuras jurídico-políticas que oficializan un vínculo que, en algunos casos, ni es compartido, ni representa la realidad sobre la que se construyen; un ejemplo de esto es la lamentable insistencia de cierto "establishment" político que, de tanto negar la realidad plurinacional y cultural del estado español, están contribuyendo a mantener un verdadero clima cotidiano de esquizofrenía.

Con el tiempo, las verdades oficiales, las verdades tradicionales, se vuelven opacas, frías... e incluso intrascendentes. La vinculación por afinidad debería tener su raigambre en el intento de construir una cultura de paz, una cultura para enfrentarse al dominio y a la creación político-mediática de miedo, una cultura de la afinidad en la intrínseca diversidad de las comunidades humanas. Si no aprendemos a sentir lo que hay de común en el otro, sin necesidad de sentir amenazada nuestra singularidad, malamente podremos aprender a pensarnos y sentirnos a nosotros mismos, malamente podremos construir una sensibilidad política de izquierdas, emancipadora, en la que lo local y lo global se relacionan y dialoguen, y en la que la exageración sentimental de la diferencia no obnubile la cultura laica, racional y crítica que se oponga a sus potenciales peligros.

http://www.diegovarela.blogspot.com




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